martes 31 de agosto de 2010

Catorce ochomiles

La gente hace cosas absurdas. Siempre desde mi punto de vista, claro. Hace poco un finlandés y un ruso se metieron en una sauna a 110 ºC a ver quien aguantaba más. Uno murió y el otro tiene quemaduras de tercer grado por todo el cuerpo. Y éste tan solo es un ejemplo, algo extremo quizá. Hoy martes en la MTV se pueden ver dos programas seguidos de este estilo: The dudesons y Nitro circus. Los dos consisten en lo mismo: hacer locuras con el fin de ver quien es más valiente (siempre sinónimo de “la tengo más grande”). Que conste que a mi me gustan, es divertido ver cómo se hacen daño a propósito de formas tan absurdas. Ver como se hacen un piercing con un clavo y un martillo, se marcan “USA” con un hierro al rojo en el culo, etc., todo de forma mucho más bestia que la madre de todos estos programas, Jackass, del cual fui seguidor acérrimo.

Otra cosa que me parece absurda es que dos alpinistas compitan para ver quién es la primera en coronar los catorce ocho miles del planeta. Que se marquen ese reto y lo consigan me parece de puta madre, pero ¿competir para ver quién lo hace antes? ¿Cuándo empezó la carrera? ¿Si no lo sabemos como es posible que gane quien lo consigue antes? Les propongo que pongan los contadores a cero, que empiecen de nuevo, esta vez marcando una fecha para el inicio de la carrera. Entonces sí sabremos quien lo consigue antes, si la palabra importante de la frase es “antes” y no “conseguir”.

Y lo que es más absurdo: decir que has sido tú quien lo ha conseguido y entonces que nadie se lo crea, como le ha pasado a Oh Eun-Sun. Me imagino la escena del equipo llegando a la cumbre:

-Oye, llevas tú la cámara, ¿no?
-¿Pero no dijiste que la ibas a coger tú?
-¡Hostia! ¡Me cago en la puta!
-¿Qué? ¿No tenemos la puta cámara?
-Pues no...
-Pues ya te estás bajando a por ella, gilipollas.
-¿Estás loca? Son 3 semanas de ascensión. Los cojones bajo.
-¿Y ahora cómo vamos a demostrar que hemos estado aquí?
-Coño, ¿hay que demostrarlo? Vaya panda de incrédulos, ¿no? ¿Para qué nos lo íbamos a inventar?
-¿Y yo qué cojones sé? Es por la vasca esa que quiere ganarnos.
-Tengo una idea...
-A ver...
-Les enviamos la foto de la última montaña que subimos, ¿qué más da? Son todas iguales.
-Ahí le has dao.
-Oye, entonces... ¿hace falta llegar hasta arriba?
-Pues ahora que lo dices me parece que ya no...
-Ale, media vuelta.

Todo esto en coreano. Lo escribo en cristiano para que se entienda. Como se puede ver las coreanas hablan uno de los dos idiomas que habla John McClane y no es el “sin tacos”.

Claro que la misma escena se puede imaginar estando un día de copas por Seúl:

-Venga va, que mañana hay que madrugar para coger el avión a Nepal y subir el último ocho mil.
-Joder, vaya palo. ¿Cuántas van con esta?
-Catorceeee, jodeeeer.
-¿En serio hay que ir? Pero si son todas iguales hostia.
-Que sí cojones, que ahora por una no vamos a parar.
-Es que me da palo. ¿Qué pretendes ganar?
-El respeto de todo el mundo.
-¿Y ya está?
-...
-¿No dan euros ni nada?
-Bueno, luego si eso escribimos un libro y nos forramos.
-Ah, vale... pero... ¿subir una montaña más o menos hace que te ganes el respeto de todo el mundo? ¿Tu propio respeto no significa nada?
-Qué quieres que te diga... está montado así. El resto no sirve para nada.
-Tengo una idea...
-¿Y si les enviamos la foto de la última montaña que subimos? Son todas iguales...
-Camareroooo... pónme 14 chupitos de Yakju...

Y por tanto en este caso sí vas a pasar a la historia por ser un mentiroso. Con el tiempo la gente olvidará tu nombre pero dirán “ah, sí, la coreana esa que dijo que lo había hecho”, cosa que como reto me parece mucho más logrado. Eso si no pasa a la historia como china en lugar de coreana. Para colmo, añadirán “¿y quién fue la que lo consiguió? ya no me acuerdo”. ¿Para qué admirar a alguien que ha subido catorce si puedes admirar a uno que cuando llevaba trece decidió mentir?

martes 17 de agosto de 2010

La letona

Me encontraba en la capital de Letonia, Riga. Letonia es uno de esos países bañados por el Báltico, concretamente es el del medio de los tres que antes se conocían como las repúblicas bálticas. “Ah, sí, uno de esos países que antes era Rusia”. No. Letonia, como otros países de la franja que separaba la Europa Occidental del resto del mundo, formaba parte de la Unión Soviética. Como la actual Comunidad Europea. Lo mismo pero al revés, que diría mi amigo Bitch-boy. Así, en resumidas cuentas, se puede decir que la diferencia entre lo uno y lo otro es que a lo uno le gustaba más el rojo que el azul, el estado socialista más que la democracia, las fábricas más que las iglesias y un largo etcétera. La diferencia principal quizá sea que mientras que los países que entran a formar parte de la CE lo hacen por voluntad propia, los que entraban en la URSS lo hacían por voluntad ajena. Para explicarlo mejor me valdré de un símil: los ministros de asuntos exteriores de la Alemania nazi, Joachim von Ribbentrop, y de la Unión Soviética, Viacheslav Molotov, se reunieron en Moscú el 23 de Agosto de 1939 y seguramente con unas copas de más decidieron hacer un pacto mediante el cual se repartían los países que quedaban entre uno y otro imperio. Uno decía “te dejo que te quedes tú con Lituania si me dejas Letonia y tal”, “ah, vale, pero también quiero Estonia”. El pacto Ribbentrop-Molotov no podía llamarse “el día que nos repartimos Europa” y se inventaron un nombre de puta madre: Tratado de no agresión entre el Tercer Reich y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Toma verborrea! Así fue como dibujaron las nuevas fronteras y de paso como inventaron algo que ha trascendido: el Risk. Más tarde se enfadaron, montaron una bronca llamada Segunda Guerra Mundial, así con mayúsculas, y todos los países que quedaron en medio fueron arrasados, entre ellos Letonia.

Así pues, que a los letones los confundan con rusos no les acaba de gustar. Vamos, no les hace ni puta gracia. Lo mismo les pasa a los estonios, lituanos y demás. Sería como tomar a todos los españoles por fascistas de derechas cuando eso representa a ¿cuántos, un mísero 40%? ¿Les molestó al 60% restante que el otro día, antes de comenzar el partido entre el América y el Real Madrid, los organizadores mostraran “por error” la bandera antigua, la del pajarraco?

En fin, que estaba en Riga. “¿Qué tal es Riga?”, pensará alguno. La respuesta, muy meditada es: no es París. Se acababa de poner el Sol y las tripas me rugían de hambre así que decidí ir a cenar a un restaurante que me habían recomendado. Literalmente me habían dicho que era “el mejor italiano de la ciudad” y para más inri se llamaba “Tiramisú”. No pude resistirme. En un panfleto turístico leí además que era “el sitio habitual donde se congrega la élite intelectual letona”. Sin embargo llegué al restaurante y no había nadie. ¿Qué indica eso sobre la “élite intelectual letona”? Que cada cual saque sus propias conclusiones. Si cenar solo ya es triste, hacerlo en un restaurante en el que no hay nadie es la reostia. Pero bueno, quizá fuese un diamante en bruto. O una piedra pequeña y sucia, como diría Naomi Campbell, de belleza inversamente proporcional a inteligencia.

Me senté en la mesa que más rabia me dio, en concreto una bien iluminada que estaba en un rincón desde donde veía todos los accesos y pocas cosas quedaban fuera de mi campo visual. A mi espalda quedaba la pared y a mi lado el cristal que daba a la calle Ģertrūdes. Siempre elijo mesas de este tipo y nunca entenderé por qué la gente se sienta donde se sienta, ahí en medio del paso, a oscuras y a lo bruto, pero eso ya son manías mías. Vino la camarera a tomarme nota y pareció incluso disculparse por la ausencia de clientes. Decía “no sé qué pasa hoy, normalmente hay más gente...”. Le dije que me parecía estupendo pero que yo quería una caprese y unos tagliatelle ai funghi y rapidito. Para beber agua fresca que estábamos a treinta y pico grados y Riga parecía un plato de letones a la plancha.

La caprese era generosa y sorprendentemente buena. Los tagliatelle era buenos pero sorprendente-less. Hubo un detalle exótico molesto: sobre la pasta pusieron trozos de prosciutto, algo que para la élite intelectual letona debe ser el no va más, pero no deja de ser algo inútil pues nada pinta el jamón del país italiano sobre ése plato en concreto. Es como si sobre una ensalada caprese te ponen mostaza de Dijon, se mean en ella, o peor, te ponen la puta reducción de vinagre de Modena.

De postre me decanté por el tiramisú. Mira, me dio por ahí. Era un pedazo inmenso y estaba muy bueno, entre uefa y top ten. Mientras lo degustaba vi salir a un tío de la cocina. Cruzó la sala y salió por la puerta. Le pregunté a la camarera si ése tío que acababa de salir era el chef y me dijo que sí, con lo que nos quedamos ella y yo solos en el restaurante. Una fiesta. Entonces le pregunté qué pasaba si ahora me apetecía una lasaña de verduras y me miró con cara de Tetris. Con cara de Tetris cuando pierdes, claro está, cuando queda la pantalla totalmente desfigurada: espacios por el medio, piezas aquí y allá... Una cara picassiana. Le dije que era broma y se echó a reír. Tenía sentido del humor.

Una de las 7 diferencias que he encontrado entre los rusos y los letones es básicamente el carácter. Mientras que los rusos que he conocido eran y sin duda son casi todos unos cabrones, los letones son bastante majos. Para ilustrarlo una anécdota:

Esa misma mañana me encontraba circulando por las magníficas carreteras letonas, financiadas mediante fondos europeos (eso pone en los carteles). De golpe me encontré un Volvo S60 pegado a mi culo. Era el coche de la policía, que además de llevar las luces puestas me hacía señales para que me detuviera en el arcén. Eso es exactamente lo que hice y detrás mio se paró el Volvo. Bajó el policía y se puso a andar en dirección a mi coche. Mientras rezaba un padre nuestro y me cagaba en Dios simultáneamente el policía me dio alcance. Era un tío con cara de mala ostia y peor carácter, me atrevo a aventurar que en uno de esos días en que te deja la mujer, tienes resaca y diarrea. Me empezó hablar a toda velocidad en su idioma mientras yo asentía con la cabeza. Cuando paró, puse cara de Tetris y dije: “english?”. Siguió hablando en su idioma -deduzco que dijo: “podías habérmelo dicho antes, gilipollas"- y luego empezó a hablar en un inglés macarrónico a años luz del que hablan los policías de nuestro país (quiero decir que a los de aquí el inglés macarrónico del policía letón les es como a mi el de Shakespeare). Vino a decir que el límite era 90 km/h, que yo iba a más de 130 y que me iban a empapelar, pero de buen rollo. “Very bad speed”, añadió. Me preparó una receta -de esas ilegibles que le gustan al señol javiel- por valor al cambio de 100 euros y me dijo que fuera al banco a pagarla. Con toda mi buena fe le dije que iba a ir inmediatamente, pero luego no sé que pasó que se me fue de la cabeza... Ah, sí, lo que pasó es que varias horas más tarde me volvieron a parar. Por suerte no era el mismo policía. Éste aún tenía peor cara, pero igual que con el primero, sólo era eso, aspecto fiero pero trato amable. Hablaba mejor el inglés y me explicó lo que ya sabía pero que fingí desconocer, que el límite en Letonia es 90 km/h y que yo lo había superado ampliamente. Entonces me preguntó: “¿Has tenido antes algún problema con la autoridad en éste país?”. Vacilé. Si decía que no y luego comprobaba que sí podía acabar recogiendo pastillas de jabón del suelo de una cárcel. Si le decía que sí y veía que no había pagado la multa que ya tenía podía acabar igual o peor. Estaba bien jodido, era una situación win-win para mi ojete. Opté por decir la verdad para almenos pasar a la otra vida con dignidad. Le dije: “sí, he tenido el mismo problema hace un rato y me han puesto una multa”. El policía se llevó mi permiso de conducir a su coche y me dijo que lo iba a comprobar. Al rato me llamó por el megáfono. Me dijo que bajase del coche y que fuera hacia el suyo. Me puse el equivalente a 140 euros en el bolsillo por si las moscas -para sobornarlo, no para pagar las multas- y allá fui. Estuvimos hablando un buen rato, durante el cual interpreté al personaje que mejor llevo, el que me sale natural. ¿Harry el Sucio? No, Jim Carrey en “Dos tontos muy tontos”. Hice como si no supiera la diferencia entre 90 y 130, entre carretera y autopista (el límite es el mismo, 90), entre lejos y cerca, y casi como que no sabía atarme los zapatos yo solito. Funcionó y me dejaron escapar con un simple “warning” y la multa pendiente que ya tenía y que nunca pagué. Y ésta es mi demostración, trivial, de que los letones -que yo me he cruzado por la vida- son buena gente.

Sigo con la historia. Me acabé el tiramisú y vino la camarera a retirar el plato.

-¿Qué tal estaba?- preguntó.
-Era una porquería. Tráeme otro- respondí.

Volvió a reirse. En mi pueblo me dicen que soy letón y en Letonia me siento sevillano. Ella era la típica letona, es decir, tetona voluptuosa. Era alta, delgada, rubia, ojos azules, cara angulosa... no se puede decir que fuera una preciosidad, pero su exotismo la hacía indudablemente atractiva a mis ojos.

-¿Vas a tomar café?- preguntó.
-No, gracias.
-¿Y vino?

¿Vino? ¿Ahora? ¿Qué cojones estaba pasando? Por una vez en mi puta vida fui lo bastante rápido como para detectar la sutileza del mensaje y contesté:

-No me gusta beber solo...

Tras una breve pausa, magistral desde mi punto de vista, concluí la frase:

-... pero si me acompañas trae lo mejor que tengas.

Pam! Ahí estaba yo, en la cresta de la ola, con el subidón de sentirme andaluz, la sinapsis a toda leche... el puto amo. No pude evitar dejar escapar una risa nerviosa, que camuflaba una posible metedura de pata en caso de una mala interpretación. Por suerte ella también se rió mientras se iba con el plato en la mano. Supuse que pensó: “ja, ja, que graciosillo el guiri éste”, pero al cabo de unos segundos volvió. Y llevaba una botella de vino en una mano y un par de copas en la otra...

lunes 9 de agosto de 2010

Recuperando el orcopie

Desde que tengo el orcopie voy al fisioterapeuta a hacer recuperación. Es el centro de siempre, a donde he ido en multitud de ocasiones por lesiones varias. El tema consiste en lo siguiente: vas allí, te cambias en un lavabo que huele a pies, dejas tu ropa de calle en una taquilla (siempre cojo la 10 y si no es posible la 9) y pasas a una sala donde están todos los artefactos de fisioterapia. Hay máquinas de corrientes, ultrasonidos, campo magnético, bici estática, cinta de correr y otras cosas menos sofisticadas como una caja llena de canicas.

Dicha sala tiene una capacidad para unas 5 o 6 personas y 1 o 2 fisioterapeutas. En concreto mi rutina empieza con las canicas. Coges la caja de canicas y una toalla. Te sientas en una silla, pones la toalla en el suelo y extiendes las canicas sobre ésta. Dejas la caja a un lado y con los dedos del pie lesionado vas cogiendo las canicas y las metes en la caja. Así durante 10 o 15 minutos. La mayoría de gente que yo he visto tiene una habilidad nula. Yo en cambio tengo bastante práctica cogiendo cosas con los pies. Supongo que estoy más cerca del mono que del humano. Además tengo el pie grande y puedo coger cuatro o cinco canicas de una vez cuando el resto de gente coge una o ninguna. Mira, otro superpoder inútil que tengo. Por lo visto los humanos tenemos unos pies bastante hábiles pero por usarlos poco quedan atrofiados enseguida. Con bastante práctica podríamos conseguir hacer lo mismo que hacemos con las manos: tareas complejas como escribir, jugar a la playstation o comer con cuchillo y tenedor. Otra cosa es que estas herramientas tengan la ergonomía adecuada para los pies. Yo que llevo el ratón con la izquierda nunca he visto uno de esos ratones de la ostia para zurdos. Son siempre para diestros. No digamos ya para pies y encima zurdos...

Tras las canicas me dedico a mover un pedal durante otros 10 o 15 minutos. El pedal no es más que una tabla de madera que bascula sobre media caña también de madera. Es para incrementar la flexibilidad del tobillo cuando rota hacia delante y hacia atrás, como cuando se pisa el pedal del acelerador del coche. La ostia de complejo.

Lo siguiente son las corrientes. Te enchufan un par de electrodos a cada lado del tobillo y hacen pasar corriente entre ellos durante 10 minutos. Según tengo entendido el hormigueo reduce la sensación de dolor. A la que te acostumbras dejas de notar el hormigueo y también el dolor, pero eso no quiere decir que no esté haciendo efecto. Si subes la intensidad lo único que se consigue es que se contraigan los músculos y se te pongan los dedos de los pies de punta. Si pudieras subir más podrías hacerte el pie a la barbacoa pero los que hacen estas máquinas son listos y limitan la intensidad. No hay que dar opción para que eso pase porque pasaría. Lo mismo que con los coches. Si no se puede pasar de 120 km/h, ¿por qué no limitan la velocidad máxima? Sería mucho más fácil que poner radares y multar al personal, además de mucho más seguro. Si no lo hacen, ¿será porque les da igual que algunos se maten mientras los demás paguen multas? Divago.

Después van los ultrasonidos. Te meten el pie en un barreño lleno de agua y ponen un cacharro que emite ondas de ultrasonidos y hacen vibrar el pie aunque a una frecuencia imperceptible. Esto tiene una función antiinflamatoria además de analgésica. Se puede aplicar mediante un gel directamente sobre la zona afectada y supongo que se consigue una acción localizada. Otros 10 minutos. Entre esto y las corrientes parece que te estén timando porque no notas nada en absoluto.

Finalmente llega la fisioterapia pura. El o la fisioterapeuta te va forzando manualmente el tobillo para ir ganando flexibilidad pero sin pasarse del límite. Tras esto hielo y para casa.

Hasta aquí el tema sanitario. Lo que es de verdad importante durante toda la sesión son las tertúlias que se organizan. La gente parece que vaya allí a pasar la mañana. Día sí día también viene alguien que acaba el tratamiento, o es su santo o su prima se casa y trae pastas para que todo el mundo desayune. A veces hasta traen cava, cosa que a primera hora y con el estómago vacío hace más por las maltrechas articulaciones que toda la fisioterapia. Lo bueno es que hay una variedad de gente espectacular y tienes la oportunidad de apreciar distintos puntos de vista del todo ajenos a los habituales, al menos en mi caso.

Hoy por ejemplo una mujer mayor, de sesenta y pico y ama de casa, hablaba con un tío de unos treinta y algo. Él, H, era el típico currante que dejó el colegio a los 13 años para ponerse de albañil. Ella, M, se casó a los 15 o los 16 y desde entonces se ha dedicado a la casa. Reproduzco la versión reducida de la conversación:

M: Oye, ¿no tendrás un amigo informático que me pueda arreglar el ordenador?
H: Sí, mi cuñado. ¿Por qué? Por cierto, en casa tengo 5 portátiles para vender por 100 euros cada uno.
M: Es que no me va el güifit. Me cambié de orange a ono y ahora cuando enciendo el ordenador me hace cosas raras. A veces se me pone la pantalla en negro y me dice “mod pass”, que debe ser una contraseña o algo.
H: Pero a ver, cuando se enciende, ¿en el rincón de abajo a la derecha te sale como una pantalla con unos paréntesis?
M: Sí, eso sí me sale.
H: Qué raro.
M: Me han dicho que puede ser: o un virus, o que alguien se ha intentado meter en mi ordenador por correo electrónico.
H: ¿Qué ordenador es?
M: Es un Toshiba HP.
H: Ya, ¿pero qué programa tiene?
M: No sé, es un Toshiba HP Winsor.
H: ¿Winsor? ¿Winsor qué: XP, vista o 7?

En este punto me he visto obligado a desconectar porque ya no podía aguantarme la risa. Entonces me he centrado en otra conversación, esta vez entre un carpintero de 50 y pico años que se había cortado un dedo de la mano derecha y una mujer de la misma edad con problemas en la espalda. Él le decía a ella que la juventud de ahora está fatal, que hace años que buscaba un aprendiz y que no encontraba a nadie que aguantase, también decía que todos los camareros eran extranjeros y que no podía ser. Ella a su vez le daba la razón mientras soltaba perlas racistas y todo tipo de estereotipos xenófobos sobre los inmigrantes. Tuve que intervenir y les dije que tanto yo como el fisioterapeuta éramos jóvenes, de la franja de edad que estaban hablando, y que habíamos salido bastante bien. Por suerte para nosotros habíamos tenido la oportunidad de estudiar y encontrar un empleo cualificado. Por desgracia para ellos, era más fácil cubrir un empleo de baja cualificación como el de aprendiz de carpintero o camarero con alguien de fuera. Es obvio que los jóvenes de aquí nos hemos vuelto muy señoritos con lo de estudiar y ganar dinero y tal en comparación con los estándares de post-guerra. Y es obvio también que se necesita gente de fuera para hacer lo que nosotros no queremos hacer por ser demasiado duro, penoso o mal pagado. Ya sea hacer muebles, servir mesas o cuidar a nuestros mayores. Decían que sí pero no acababan de verlo claro. Supongo que prefieren que seamos todos pobres pero de aquí a evolucionar, prosperar e inevitablemente necesitar ayuda de fuera.

Después he vuelto a sintonizar la antena con los otros dos y la conversación se había vuelto mucho más tecnológica:

H: Eso debe ser algo del condensador.
M: ¿Y eso qué es?
H: Es como una cosa que mantiene los voltios constantes.
M: Pero a ver, si yo tengo un voltio y tú tienes un voltio...

sábado 7 de agosto de 2010

Descontrol

Los controladores quieren hacer una huelga. No sé por qué. El otro día salía una tía en la tele que se dedicaba a esto del control y decía que su sueldo fijo era de 130.000 euros anuales pero que con las horas extra se solía llegar hasta los 300.000 euros de media. Hay uno en concreto que el año pasado llegó al millón. Sí, sí, 6 ceracos uno detrás de otro. Ahora se lo quieren bajar a todos a 200.000. ¿Es por el sueldo por lo que protestan? Dicen que no, que aparte del sueldo es por el estrés. ¿No les da para pagarse un psicólogo o un coach o algo así? ¿A cuánta gente le han bajado el sueldo -o se lo han quitado directamente- y no han montado ningún pollo? Si me lee el ministro de fomento que sepa que yo estoy dispuesto a trabajar como controlador por la mitad de lo que cobran éstos. Dicho ministro seguramente también es culpable de forzar la situación y de apretarles hasta que no han podido más, pero sabe que la batalla la tiene ganada porque tiene toda la opinión pública a su favor por motivos obvios. No hay alternativa.

Por lo visto el salario medio de los controladores en Europa es algo así como la mitad. Y ya dentro de nuestras propias fronteras hay una serie de gente que lo hace por menos. Son los militares: por 28.000 euros brutos al año hacen lo mismo. La pregunta es: ¿por qué los controladores militares no se hacen civiles? ¿Es por lo de defender la patria y tal? No entiendo nada. Además se ve que tienen un problema que consiste en lo siguiente: los pilotos militares son oficiales y los controladores no. Así que están dando órdenes a superiores, cosa que muchas veces éstos no se toman demasiado bien. Ya me veo yo al piloto diciendo “¿este pringao me va a decir a mi dónde aterrizar? manda huevos” -la coletilla castrense por excelencia-. Y pam, se estampa contra un puto monte. En fin... que estos no tienen estrés porque ya tienen suficiente con mirar de llegar a fin de mes.

¿Qué hacen los controladores para que les hagan caso? Tocar las pelotas a la gente. Venga, en vacaciones a putear al personal. Te pasas todo el puto año comiendo mierda para poder irte un par de semanas por ahí y viene un gilipollas que cobra 300.000 euros y te jode las vacaciones. Venga ya. Es como para cagarse en su puta madre.

Es como lo del dolor relativo que decía el señol Javiel el otro día. Estos tienen estrés relativo. Propongo lo siguiente: para saber si van en serio o no que hagan como los chinos. Si de verdad están tan desesperados que se planten en la puerta del congreso, se amputen un dedo y se lo coman. Un vinito fresco, algo de pan, mayonesa y montan un picnic caníbal de putísima madre. Entonces hablamos. Hasta entonces que no nos toquen los huevos.

martes 3 de agosto de 2010

Yo fui Lothar Matthäus

Cuando tenía 7 años nos cambiamos de casa. Concretamente pasé de vivir en un piso a una casa. Para mi era lo mismo pero con escaleras. Lo más relevante del cambio fue que la nueva casa estaba justo delante de un colegio. Como tampoco fuimos demasiado lejos no hizo falta que cambiara de colegio así que a pesar de vivir a 5 segundos de uno me tenía que desplazar a otro que estaba a tomar por culo. Pero bueno, esto da igual. La cuestión es que delante de mi casa había un colegio y que en éste había un campo de fútbol que tenía a mi disposición con tan solo saltar una valla. El campo no era nada del otro mundo: cemento y dos porterías tamaño fútbol sala sin red ni nada. Precario total. Tras una de ellas había una zona de paso y una reja que impedía que el balón se fuera a estrellar en algún inocente que pasase por allí. Tras la otra portería no había nada, una extensión de arena y al final de todo una valla, así que o dabas de lleno en el palo o tenías que ir a buscar la bola lejos.

Desde los 7 años y hasta los 17, cuando me emancipé, iba día sí día también a jugar a fútbol. A veces con gente, pero la mayoría del tiempo estaba yo solo. Me hubiera venido bien un portero y un recogepelotas, pero como que mis amigos no se prestaban a eso. Me pasaba horas chutando a puerta y gracias a eso mi habilidad tirando es remarcable. De ahí que me llamen cañonero. Lamentablemente mi entreno estaba totalmente descompensado y todo lo bueno que soy chutando (o pasando) lo soy de malo regateando. A pesar de jugar a fútbol 11 con el equipo de mi pueblo nunca llegué a mejorar demasiado y siempre preferí jugar yo solo delante de mi casa que jugar con 10 chupones en un campo de arena y vestuarios sin agua caliente. Espartano total, no como ahora que si la hierba es artificial en lugar de natural y en los vestuarios no hay jacuzzi los niños se niegan a jugar. En mis tiempos no existían las segadas. Si te ibas al suelo era muerte: arañazos rebozados de arena y piedras que luego se tenían que sacar con alcohol. Sólo alguien muy valiente y/o muy tonto intentaba los barridos a lo Oliver y Benji.

Uno de los recuerdos más vívidos que tengo es cuando colé un balón en un barranco que estaba en un lateral del colegio. Pasada la valla había una calle y justo después un barranco que limitaba el fin del mundo para mi. No recuerdo exactamente cómo sucedió, si chuté alto y desviado o le dí al palo y el balón salió rebotado. La cuestión es que acabó en lo más hondo del barranco. Tanto que nunca lo encontré. El balón en cuestión era un Adidas Questra, lo mejor que mis humildes pies han llegado a chutar nunca. Era una simple pelota que valía una fortuna y que pagué tras ahorrar durante semanas. Era el balón oficial del mundial de USA’94. Antes de ése había tenido también otros balones similares: el Etrusco de Italia’90, la Azteca de México’86 y un Tango España del mundial del 82. El Etrusco me lo perdieron el primer día que lo llevé a mi colegio. Un gilipollas que se llamaba José lo envió directamente a la calle y nunca más se supo. Aún le odio. El Azteca sobrevivió hasta que quedó tan demacrado que mi madre lo tiró y el Tango España acabó igual porque de hecho cuando me lo regalaron ya estaba más que usado. Después del Adidas Questra, vino el Nike Geo y nunca volvió a ser lo mismo. Se perdió la estética de hexágonos y pentágonos en blanco y negro: los trozos de cuero eran de formas inverosímiles y se hacían balones de una variedad amplísima de colores, horteras todos. Además el Nike Geo era más duro y más pesado. No me gustaba nada. Igual que los balones Adidas clásicos, también desaparecieron los Mitre de UK o aquel todo blanco y unas letras negras con el que se jugaba la Bundesliga. Y mira como hemos acabado, con el puto jabulani, que es como un puto globo. Hasta los de la Nasa lo dicen.

Recuerdo que antes de que apareciera la Questra, cuando aún era muy pequeño, tenía una camiseta del Bayern de Munich. Me la ponía para jugar y me imaginaba que era Lothar Matthäus a pesar de que en aquella época ya jugaba en el Inter. También tenía la camiseta del Inter, pero por Dennis Bergkamp. Era lo que siempre pedía para mi cumpleaños o reyes: una camiseta de fútbol que por aquel entonces no se encontraban fácilmente. O esa es la sensación que tenía yo desde mi punto de vista infantil en el que si no se vendían en mi pueblo era como si no existiesen. Me las ponía y me imaginaba que tenía un nombre guiri y que era el puto amo. Sin duda estos jugadores estrella de otros países me llamaban muchísimo la atención, más por el exotismo del nombre que por su calidad futbolística. Me hubiese gustado llamarme Sammer, Blomqvist, Stoichkov, Klinsmann, Baggio, Matthäus y otras cosas así de guays. Esas K, dobles consonantes, diéresis raras... me parecía algo extraordinario. Supongo que por eso he acabado estudiando alemán. La cuestión es que yo ya tengo un nombre guiri la mar de exótico pero de pequeño nunca fui consciente de ello.

Todos estos recuerdos me han venido a la mente hoy mientras comía. Estaba degustando un “rom” a la plancha (parecido al rodaballo, no se cómo se llama en castellano) mientras leía el periódico y me he encontrado con una noticia en la que se ponía a parir a mi antiguo ídolo Matthäus. Por lo visto más allá de ser el único líbero con el dorsal 10 en la época en la que los defensas eran el 2, el 3, el 4 y/o el 5, el tío es un fiera también fuera del campo. Lleva 4 matrimonios y el último con una tía de 22 años. Ella, modelo ucraniana, ha sido fotografiada liándose con un tío italiano y en su defensa ha alegado que estaba borracha. El italiano por su parte ha calificado el lío como un “capítulo pasajero” porque él está con otra modelo, rusa en este caso. La historia completa incluye fotos de ella con uno y otro, exclusivas a revistas, entrevistas en la tele, etc. Vamos, como si él fuera un torero y ella una analfabeta. Dicen que se trata de un montaje porque el amigo Lothar está a las últimas de pasta pero vaya usted a saber. Puede que sea verdad porque el tío revendió entradas para las semis del mundial, algo que un exfutbolista boyante regalaría por tener para él un precio irrisorio. El problema es que tanto ajetreo glamuroso le ha costado el puesto de seleccionador de Camerún, que tenía apalabrado con el “presidente” Paul Biya. La mujer de éste, Chantal Biya, también conocida como la Paris Hilton africana, ha dicho que el glamour de África es cosa suya y que nada de ex-futbolistas alemanes que le hagan sombra. Bueno, no, por lo visto se ve que buscan a alguien serio para el puesto. No entiendo muy bien por qué, sólo hace falta poner “chantal biya” en google para comprobar el criterio de seriedad... Y como siempre, ¿qué tendrá que ver un aspecto personal de alguien con sus aptitudes para un lugar de trabajo? Yo tuve un jefe que vivía en casa de sus padres. Nunca pensé que el hecho de que su madre le preparase el desayuno, le planchase las camisas y le diera un beso de buenas noches le inhabilitase para el cargo. Bueno, sí lo hice.

miércoles 28 de julio de 2010

Qué pienso sobre lo que pienso

Normalmente como solo en un restaurante. Menú del día, periódico o libro. A veces, cuando he dormido poco y mal decido no ir a un restaurante y en casa, antes de irme, preparo un bocadillo, cojo un par de piezas de fruta y un zumo. Lo mismo que me daban en el colegio cuando me iba de excursión. Y éso es lo que como, sentado en el coche, previamente aparcado en un camino de montaña, tranquilo y a la sombra si hace calor o al sol si hace frío. Después de comer, duermo. Tengo un cojín de esos de cuello que parece cómodo pero no lo es. Me revuelvo en el asiento hasta que por fin cojo el sueño, pero es como una puta anguila y se me escapa enseguida. A veces no sé ni si me he llegado a dormir. En cualquier caso, sea por incomodidad, frío, calor, por algún bicho tocahuevos o simple aburrimiento, llega un punto en el que estoy hasta los cojones y vuelvo a la oficina y escribo cosas de estas. Quizá piensas que soy un friki y quizá sea verdad, pero me importa una mierda. Serlo y lo que pienses. No te ofendas, quizá no eres tan importante. Quizá sí y yo sea gilipollas. Eso es más factible.

Como solo y sin embargo tengo otras opciones. Decido comer solo pero podría ir con otros humanos. Es lo que hice durante un tiempo y no me gustó. En este caso puede que no fueran humanos, no estoy seguro.

Iba a comer con un par de compañeros, siempre a la misma bathora y en la misma batcueva. La comida era mala, pero era dos euros más barata que la que sirven en un restaurante cualquiera. Para colmo no había menú, te servían un primero y un segundo, el que tocase ese día, siempre y cuando durante la mañana hubieras llamado para avisar que ibas a comer. Si no lo hacías la única opción restante era comer un bocadillo. Ah, no había calefacción y en invierno estabas quizá 5 grados por encima de la temperatura exterior, gracias supongo al aislamiento inexistente y al calor que generaban neveras, tele, cocina y los cuerpos humanos que allí se amontonaban -pocos-. Si este antro estuviera en Brasil y las camareras fueran en topless y tanga no habría problema, pero no lo está y en invierno la temperatura exterior oscila entre los 0 y los -10 ºC. Vamos, un sitio de puta madre que recomiendo a todo el mundo.

Los primeros días que fui con mis compañeros aluciné. Nos sentábamos en la misma mesa, pero era como estar sentados en mesas diferentes, de restaurantes diferentes en continentes diferentes. Cada uno cogía un periódico y sin decir ni pío engullían su comida a la vez que leían. Y no leían nada importante, leían periódicos deportivos. De hecho creo que simplemente pasaban las páginas. Pensé que, además de carecer de educación y de desconocer las normas básicas de las relaciones humanas, eran muy tímidos. Pero no cesaba de intentarlo. Les sacaba la información a la fuerza. Claro, yo no leía el periódico, tenía que hablar con o sin la boca llena y no me importaba interrumpir su concienzudo estudio de la filosofía futbolística basada en “el furbol es asín”. Las respuestas que lograba sacar eran monosilábicas y nunca recibía una pregunta, ni siquiera un “¿y a ti qué te importa?”. Era como intentar hacer confesar a un pingüino mudo en un interrogatorio. ¿Por qué andas tan raro y sin embargo nadas tan bien? ¡Confiesa, bellaco! Por cierto, ¿hay pingüinos habladores? Quizá sólo hablan bajo el agua o quizá lo hagan cuando nadie les escucha. ¿Y que anden bien y naden mal? En fin. Yo era nuevo en la empresa y no entendía cómo ellos no sentían la misma curiosidad por mi que yo por ellos. ¿En qué consiste tu trabajo? ¿Qué has estudiado? ¿Alguna vez has intentado cepillarte los dientes con un cuchillo jamonero y cortar jamón con un cepillo de dientes? ¿A cuánto va el kilo de heroína en tu pueblo? Las típicas cosas que uno quiere saber, más por generar conversa que por interés real. O las típicas preguntas que haces para que luego te hagan a ti tras ignorar sus respuestas. Bueno, de hecho curiosidad no tenían la misma que yo ni ninguna en absoluto.

Un día no hubo periódicos. Pensé que eso iba a ser bueno porque por cojones acabarían hablando. Craso error. Acabamos comiendo en silencio, cada uno mirando a su plato como niños castigados. Cuando éstos estuvieron vacíos -los platos, no los niños castigados- un denso silencio invadió el ambiente. Nos mirábamos. Era una partida de poker sin cartas. Ya no entendía nada: si no eran los periódicos ni la timidez, ¿qué cojones era? ¿Simple indiferencia? No recordaba haber ido a comer con alguien y que me sobrase tiempo en lugar de faltarme. No tardamos más de 25 minutos en volver a la oficina, con lo que -en teoría, sobre el papel- aquel día tuve que trabajar 35 minutos de más por la puta cara. Además ninguno de los dos tomaba café, así que tras el postre salían pitando. ¿Para qué estar en un “restaurante” si ya no hay comida sobre la mesa? Para eso coges y te vuelves a la oficina. Pero no para mirar pelis guarras, no, para trabajar. Y el café era otro tema. Si yo pedía café no me esperaban. Se levantaban, pagaban cada uno lo suyo y se marchaban mientras yo simulaba saborear el café a la vez que me intentaba recomponer ante semejante desplante.

Un día me di cuenta de que nunca me habían preguntado si quería ir a comer con ellos. De hecho me apunté yo solito el primer día de trabajo. Pregunté si alguien iba a comer, me dijeron que sí y dije “pues vengo”. Más adelante, cuando se convirtió en costumbre que yo asistiera, no recuerdo que nunca me lo preguntasen. Exactamente a las 2 en punto se levantaban e iban a comer. Si querías ir con ellos debías estar atento a cuando se producía el levantamiento o se iban sin avisar. Si en cambio era yo quien tomaba la iniciativa y un par de minutos antes de la hora les decía de ir a comer, decían “ya vengo” y no se levantaban. Esperában a las 2 en punto para hacerlo con lo que me tenían revoloteando alrededor de sus mesas. Si uno de los dos estaba haciendo algo y estaba a punto de acabar, el otro, en lugar de esperarle, se iba. Simple. Una vez intenté que fuéramos a otro restaurante pero no tuve éxito. Intenté que fueramos a comer más tarde o más temprano todos juntos, que habláramos. Nada.

Desistí y nunca más volví a comer con ellos. Por suerte nuestra relación no cambió, siguió siendo inexistente. No me preguntaron por qué dejé de ir, ni si un día quería volver, ni que tal la vida. Nada.

Normalmente no entiendo a nadie o casi nadie. Es normal. Cada uno tiene sus valores, su historia, su punto de vista, etc. Puedes llegar a comprender a otra persona si la conoces muy bien, pero eso pasa exactamente... a ver... ¿cuántas veces? Nunca. Qué razonamiento más contradictorio... Ahora algo con lógica: no nos entendemos ni a nosotros mismos, ¿cómo pretendemos entender a alguien? Hasta ahí de acuerdo. Entonces podemos decir que todo el mundo a excepción de nosotros es raro. Unos más, otros menos. Incluso podemos decir que todo el mundo, incluyéndonos nosotros mismos, es raro. Pero en este caso concreto coincidiremos en que estos dos tíos con los que iba a comer son raros de cojones. Seamos raros o no, ellos lo son más. Eso pienso yo. Y ellos pueden pensar: “¿y qué? nos importa una mierda, no todo gira alrededor tuyo, gilipollas!”.

Y eso es lo que pienso sobre lo que pienso de los demás y sobre lo que los demás piensan de mi, o es lo que me gustaría pensar que pienso. Clarisísimamente, ¿no?

sábado 17 de julio de 2010

L'esprit de l'escalier

NO.

Una palabra. Tan sólo 2 letras. Los niños la repiten sin parar. ¿Por qué los adultos no saben decir “no”? Porque hay que tener un par de huevos para decirla y afrontar las consecuencias.

28 de Octubre de 1940, Atenas (Grecia).

Estamos en la embajada alemana en Atenas. Ha habido una recepción y ha venido la élite del país. Mucho jijijaja, muchos ferrero rocher, muchos lameculos, guarras de lujo y demás. Un festival por todo lo alto. A las 4 de la mañana la fiesta ya está a las últimas. Algunos participan en mega orgías en el piso superior, el resto duermen la mona por el suelo, restregándose en su propio vómito. Sin embargo hay dos personas que aún aguantan: en el fondo de la sala, sentados en sendos butacones junto a la chimenea están Emmanuele Grazzi, embajador italiano en Grecia, y Ioannis Metaxa, primer ministro griego.

-¿Qué, Manolito? ¿Hacemos la penúltima?- pregunta Ioannis.
-No, no, que mañana tengo que madrugar.
-Venga ya... ¿madrugar? No seas moñas y tómate otra conmigo.
-Es que mañana tengo que hacer unas cosas del trabajo y...
-Jajaja, muy bueno. Pero si tu trabajo es éste, estar aquí bebiendo conmigo.

Ioannis le sirve el penúltimo whisky de la noche.

-Por cierto Ioannis, Benito me ha dado un mensaje para ti.

Benito Mussolini, dictador italiano y aliado de los nazis en ese momento. Grecia no era aliada del régimen nazi pero sí mantenían una cordial relación comercial.

-Ah, ¿sí? ¿Y qué dice el imbécil de tu jefe?
-Espera, que lo tengo aquí en el bolsillo.

Saca el papelito y lo lee. El mensaje dice lo siguiente:

ULTIMATUM: Solicitamos permiso para entrar en Grecia y ocupar ubicaciones específicas, de lo contrario prepárese para la guerra. Firmado: Benito Mussolini

-¿Y bien?- preguntó Emmanuele.
-NO.

A las 5:30 de la mañana, mientras Metaxa aún bebía la enésima penúltima después de echar a Manolito a patadas, las tropas italianas apostadas en la frontera iniciaron el ataque y así fue como Grecia inició su participación en la Segunda Guerra Mundial. Poco después Italia ocupó Grecia, más tarde Alemania les dio por el culo a los italianos por ser un desastre total y fueron ellos los que pasaron a controlar el país.

Más o menos fue así como ocurrió. Desde entonces el 28 de Octubre es conocido como el Oji Day, “día del no” o el “aniversario del no” y se celebra como fiesta nacional. Hay otras versiones: una dice que la conversación fue por carta y que la respuesta de Metaxa fue un folio en blanco con un único “no” en el centro. Otra que Metaxa le dijo a Grazzi “alors, c’est la guerre” en lugar de “no”, pero a mi me gusta la versión que explico yo por la rotundidad del no y por los ferrero rocher, que nunca están de más ahí todos tan amontonaditos que dan ganas de darle un guantazo a la bandeja y enviarlos todos a tomar por culo. Y los griegos que he conocido -unos cuantos- son todos así de directos. Lo mejor es que puedes serlo con ellos y no se ofenden, están acostumbrados. ¡Viva Grecia!

Escribo esto tras ver esta semana en la tele autonómica un programa sobre el tema (visualizable aquí). El programa es una muy flojo: no aporta nada nuevo, no profundiza y mezcla temas en lugar de desgranar el tema principal, per se muy interesante. Pero hay varias perlas -cómo no- de Quim Monzó, que merecen especial atención:

6:18 La gente quiere que hagas aquello que no quieres hacer.

9:47 El silencio es una respuesta importantísima. La gente no capta el silencio. Se piensan que si tu no contestas es porque no los has oído. No quieren entender que a veces el no más grande es la no respuesta.

16:44 El tema son aquellos que se consideran amigos tuyos siempre y cuando sigas su patrón de vida. Aquí es donde la cosa comienza a ser molesta, porque entonces te das cuenta de que realmente no son tus amigos, simplemente lo que quieren es tener a alguien con quien jugar, una compañía, para divertirse y para teorizar, sobretodo que tu no hables demasiado y ellos puedan hablar muchísimo y ya está, alguien que les contemple.

20:56 Yo me fui de mi casa a los 18 años porque no quería comer el menú de mi madre. A veces en lugar de no tienes que decir una mentira contra la impertinencia de un individuo que no acepta que tu no quieras una cosa. Tienes que hacer lo que el otro quiere. Y resulta que gana el que es más insistente y más caradura y más maleducado y escucha menos al otro.

Es obvio. Siempre he pensado exactamente lo mismo. Y de ahí las amistades nazis, justficarse es un error o los favores cabrones y otras cosas que he escrito aquí y que ya no recuerdo y que mi salud mental agradece.

La gente pide favores. Les da igual si te va bien o mal hacérselos. Pero a ellos les va mal, muy mal, que no se los hagas. Que no hagas lo que te piden u ordenan. Yo pienso que los favores no se piden, se hacen, es decir, al revés de lo que pasa. Se ofrecen. Punto final.

En el mundo en el que vivimos es evidente que si yo llamo a alguien y no me coge el teléfono o le envío un email y no me responde, no es porque no lo haya visto, es porque no quiere responder. Los emails no se pierden en el ciberespacio y las llamadas perdidas no se borran. Entonces, ¿para qué insistir? Los que insisten sólo lo hacen por egoísmo puro. Por sus cojones que vas a responder y vas a acabar haciendo lo que ellos quieren. ¿Cómo evitarlo? Un no rotundo es una ofensa total así que la única opción es la mentira. Eso es lo que pienso yo y así me va de bien, como a los griegos.

¿Es realmente así?

Indagando por internet encuentras muchas páginas con consejos y demás. Una de las que he encontrado, perfectamente ilustrativa, se llama “20 maneras de decir no” y te pone 20 ejemplos en el que el que quiere decir “no” se sale por la tangente con fórmulas del tipo: “no me siento cómodo con esto”, “no tengo tiempo”, “tengo otro compromiso”, “necesito disponer de tiempo libre”, “ahora no puedo, pero más tarde sí”, etc.

No. Esto no funciona así. Los ejemplos de la mayoría de estas webs plantean todo el diálogo desde el punto de vista del que recibe el no y no desde el que lo emite. Plantean las formas de decir “no” para que el que vaya a recibir esa respuesta no se ofenda, cuando deberías ser tú el que se ofende cuando te piden según que cosas. ¿Hay que tener tacto para declinar algo pero no para pedirlo? ¿Qué somos, gilipollas? Bueno, sí, pero, ¿hasta cuándo hay que aguantarlo? Además, no tiene ningún sentido, todas estas respuestas son mentira, la única y verdadera respuesta es un simple “no” o un “no quiero”. Nada más ¿Para qué inventar? Siempre se deja una puerta abierta. Ejemplo:

-¿Podrías hacer esto?
-No, no me siento cómodo con esto.
-¿Y con qué te sientes cómodo?

¿Qué vas a decir aquí, “con nada de lo que tu me pidas, hijoputa”? Siguiente:

-¿Podrías hacer esto?
-No, no tengo tiempo.
-¿Y cuándo vas a tenerlo?

¿Y ahora qué? ¿”Nunca”, “cuando te mueras”? Más:

-¿Podrías hacer esto?
-Tengo otro compromiso.
-Bueno, pues cuando acabes con él te pones con lo mio.

Será cabrón! Ya te han jodido.

Y un largo etcétera. Además de dejar la puerta abierta para que te jodan por otro sitio, todo lo que puedas llegar a decir suena a excusa barata que te pone en una situación de debilidad. Yo opino que la respuesta adecuada es un simple “no”, suave pero rotundo, seguido de un silencio -incomodísimo- que sólo debe romper el que pregunta. Ahí es donde la cagamos. Hay que aguantar. Es como un duelo, el que más aguanta gana. Si el que pide quiere saber el por qué no, que pregunte. No hay que responderle a esa pregunta sin que llegue a formularla. De nuevo el ejemplo:

-¿Podrías hacer esto?
-No.
(silencio)

Desenlaces posibles:

1· El que pregunta se va por donde ha venido. Puede ofenderse o puede entender que no quieras hacerlo por razones que a él no le incumben. En cualquier caso has conseguido tu objetivo.

2· El que pregunta continua: “¿por qué no?”. Aquí se abre otro dilema, decir la verdad o inventar algo. “No me apetece” es una respuesta que puede ser tan válida como ofensiva, pero, ¿es incomprensible? Si en una muy calurosa tarde de verano alguien me ofrece un plato de sopa agripicante ardiendo y le digo que no me apetece, no tiene por qué ofenderse si es mínimamente empático. Este ejemplo es fácil de entender. Lo que pasa es que hay gente sin empatía alguna que puede pedirte eso mismo y le da igual que no te apetezca o que te vayas a achicharrar vivo, la cuestión es que hagas lo que dice. Entonces esa persona es gilipollas y puedes enviarla a la mierda. Ahora bien, si no puedes enviarla a la mierda porque las consecuencias van a ser terribles puedes inventar una historia que no vaya a disfrutar. En el ejemplo yo diría que tengo una diarrea atroz y le empiezo a explicar los detalles: texturas, colores, olores, sonidos, ... hasta le saco una muestra y el otro me suplica que pare, ¿No querías saber el por qué? Pues ahí lo tienes. Desolé.

3· El error más común. Quien ha dicho el “no” es incapaz de aguantar el silencio (si ha existido) y da inmediatamente las razones de por qué no. Otra vez si el que pide es empático puede entenderte o no. La cuestión es que te encuentras dando explicaciones que, sean verdad o mentira, suenan a pura invención fantástica con lo que el interlocutor sonríe mientras espera a que acabes tras confirmar que ya estás vendido.

El que lea esto puede pensar “ya, muy fácil, seguro que tú lo haces porque eres Harry Callahan”. Pues no, no lo hago. Como siempre, es muy fácil explicarlo y muy difícil hacerlo, sobretodo porque una conversación normal se produce a una velocidad de vértigo y eres incapaz de procesar lo que te están diciendo -sobretodo si te están intentando joder por algún sitio- y a la vez pensar qué respuesta es la adecuada. No estamos acostumbrados a ESCUCHAR lo que nos dicen y nos cuesta procesar. La realidad, muy a mi pesar, es la siguiente:

-¿Podrías hacer esto?
-No, ahora no tengo tiempo porque estoy haciendo esto otro y bla bla bla...
-Bueno, pues cuando acabes te pones con lo mio.

Ya estás jodido. ¿Qué pasa a continuación? Que justo cuando el hijoputa se va piensas: “mierda, tenía que haberle dicho tal, ésa era la respuesta perfecta” o “mierda, me tenía que haber puesto en modo Harry Callahan”. Tranquilos todos. Esto es muy normal. Cuando finalmente tienes tiempo para procesar te viene a la mente lo que querías haber dicho y no has podido por verte arrollado dialécticamente, por haber sido sorprendido o por estar ocupado intentando comprender por qué una persona te ha pedido una cosa de tal magnitud o cómo se puede ser tan cabrón.

Introduzco un nuevo concepto: l’esprit de l’escalier. Es un término acuñado por Denis Diderot que viene a significar lo siguiente:

“La frase se utiliza cuando nos viene a la cabeza un insulto o una réplica ingeniosa demasiado tarde, cuando ya estamos bajando la escalera de la tribuna, habiendo perdido la oportunidad de lanzarlos. Data de la época en que la palabra esprit, que significa espíritu o mente, se usaba comúnmente para designar el ingenio. La expresión, en general, también puede indicar el estado resultante de la frustración por la falta de respuesta que puede hacer que cualquiera se convierta en la víctima, tanto que es usada en psicología, con la variante de «síndrome de l'escalier».”

Todos estas disciplinas -superpoderes-, decir no, no justificarse, no dejarse pisotear, etc, están intimamente ligadas y para dominarlas es indispensable ser un maestro de la dialéctica, hay que ser saber actuar, ser ingenioso, valiente, rápido, etc. Como ser un superhéroe. La única diferencia entre éste superhéroe y los que vuelan y tiran rayos de fuego por el culo es que con la práctica se pueden llegar a adquirir esos superpoderes mientras que en el otro caso no lo serás por muchos jalapeños que comas.